Cómo no hay que hacer una entrevista en grupo

Hace un par de años acudí a una dinámica de grupo organizada por una empresa grande dedicada a la industria cerámica ubicada cerca de mi ciudad. En aquel momento no estaba buscando trabajo, pero decidí apuntarme a la oferta para aprender un poco sobre el funcionamiento de este tipo de entrevistas en grupo. Visto con perspectiva, creo que me resultó muy útil, aunque por supuesto no consiguiera trabajo. Teniendo en cuenta lo que he aprendido en los últimos tres meses acerca del proceso de búsqueda de empleo, me da la sensación de que en aquella entrevista de hace dos años cometí errores de bulto propios de quien nunca ha buscado un trabajo en serio.

Los entrevistados fuimos citados en las oficinas de la empresa, a aproximadamente 25 km de mi ciudad. En el coche, de camino, me dí cuenta del primero de los errores garrafales que iba a cometer: había dedicado muy poco tiempo a preparar la entrevista. Por supuesto, este fue el error principal que desencadenó el resto de errores secundarios que mencionaré más adelante. Por aquel entonces, yo ni siquiera sabía que una entrevista de trabajo había que prepararla. No sabía que hay que dedicar varias horas a leer sobre las distintas actividades a las que se dedica la empresa, sobre cuáles son los productos o servicios que ahora ofrece, sobre las innovaciones que planea introducir en sus procesos, sobre cuáles son sus principales competidores, sobre su visión para los próximos años, sobre los premios o galardones que ha recibido recientemente, etc. No leí nada, no preparé nada. Me limité a entrar un par de veces en su página web y a corroborar que efectivamente fabricaban lo que yo creía que fabricaban: azulejos. Más tarde descubrí que en realidad producían muchas cosas más (diferente materia prima, maquinaria, etc.), lo cual me habría resultado de gran utilidad a lo largo de la entrevista.

La entrevista se produjo en una sala no muy diferente a un aula de instituto: varias sillas con apoyo para escribir frente a una mesa más grande sobre una tarima, en la que estaban sentados los dos hombres que iban a llevar a cabo el proceso de selección: uno de ellos en torno a los 55 y otro de más bien 30. Los candidatos eramos en torno a 15 personas, con lo que ocupábamos las dos primeras filas de asientos.

En primer lugar, nos pidieron que nos presentáramos, que explicáramos brevemente quién éramos. Segundo error grave: no había pensado qué decir a la hora de presentarme. Como ya comenté recientemente: parece una estupidez, pero no es sencillo hablar de uno mismo en una entrevista. Uno tiene la sensación de haber pasado muchos años estudiando y formándose, y a la hora de hablar de sí mismo no tiene nada relevante que ofrecer a quien le pregunta. Me puse muy nervioso, y eso que mi turno llegó de los últimos. Únicamente fui capaz de decir

mi nombre

– mi edad

– que había estudiado Ingeniería Industrial

– que había estudiado un Máster en Eficiencia Energética.

Y ya está, nada más. No mencioné

– que estaba en ese momento desarrollando mi tesis doctoral dentro de un grupo de investigación en la universidad

– que tengo un buen nivel de Inglés (y de Francés, jaja)

– que recientemente había vuelto de una estancia de 7 meses en Bélgica

– ningún otro curso o formación complementaria

Mi presentación no debió durar más de cuarenta segundos. Demasiado poco. Demasiado cercano a la nada. Hay que pensar lo que uno quiere decir sobre sí mismo en una entrevista. Y hay que aprendérselo de memoria. Ahora lo sé.

En segundo lugar, nos preguntaron qué buscábamos al apuntarnos a la oferta de trabajo. Dicha oferta era abierta para diversos perfiles (ingenieros, químicos, licenciados en economía, derecho, etc.), con lo que no quedaba claro qué tipo ni cuantos puestos de trabajo ofrecían. Tercer error grave: no había reflexionado sobre qué quería o podía hacer yo en aquella empresa. Me había alistado a la oferta y punto, sin pensar ni un instante por qué quería yo trabajar allí, en qué podría yo contribuir yo allí o si tenía la formación requerida para trabajar allí. Por fortuna, en estos momentos tengo un poco más claro a qué sector de la ingeniería me quiero dedicar, pero en aquel entonces todo este asunto era una gran nebulosa en mi cabeza. Y allí estaba yo, en plena entrevista grupal, con mi potencial contratador preguntándome a qué quería yo dedicarme. Con tan poco tiempo para reaccionar, solo fui capaz de responder un inocente y ambiguo

“en algún puesto dentro del departamento de medio ambiente”

que por supuesto dejó muy poco satisfecho al entrevistador. Ahora sé que mi respuesta debería haber sido mucho más contundente y específica, algo así como

en proyectos encaminados a la mejora de la eficiencia energética del proceso de fabricación de la baldosa X

ó

en un área de la empresa que tenga como objetivo reducir las emisiones contaminantes del proceso productivo

Hay que pensar muy bien a qué se quiere dedicar uno, qué busca la empresa y cómo puede contribuir uno a lo que busca la empresa, proporcionando, si se puede, ejemplos concretos. Y esto hay que pensarlo antes, en casa. Ahora lo sé.

A continuación nos propusieron una serie de ejercicios para que los candidatos interactuáramos entre nosotros. En estos ejercicios nos proponían una serie de casos ficticios a los que un director de departamento de cualquier empresa podía enfrentarse a lo largo de su carrera. En cada caso, había que argumentar cuál sería nuestra decisión a tomar, justificarla y defenderla frente a los candidatos que opinaran de manera distinta. A modo de ejemplo, uno de los casos era algo similar a lo siguiente:

“Imagina que eres el jefe de departamento X de la empresa Y. Tienes a diversos empleados a tu cargo. Uno de ellos tiene amplísimos conocimientos y experiencia en el sector y ofrece muy buenos resultados a fin de año. No obstante, tiene mal carácter, ocasiona periódicamente conflictos con los compañeros y es incapaz de trabajar en equipo. Otro de los empleados tiene una mentalidad muy positiva, es agradable y sabe motivar a los compañeros y trabajar dentro de un equipo. Sin embargo, tiene poca experiencia y conocimientos, y produce la cuarta parte de lo que el otro empleado es capaz de producir. Por razones presupuestarias, hay que prescindir de uno de estos dos empleados. ¿Con cuál te quedarías y por qué?”

Obviamente, en este tipo de ejercicios no hay una respuesta que sea más correcta que la otra (ahora lo sé). El principal objetivo de estas pruebas es observar cómo los candidatos son capaces de presentar un argumento y de defenderlo frente a gente que no está de acuerdo. Imagino que deben servir para detectar quién tiene dotes de liderazgo, quién es capaz de expresarse oralmente de manera adecuada, quién es capaz de escuchar y de ser flexible y por lo tanto llegar a acuerdos, etc. Aquí llegó mi cuarto error grave: hablé muy poco, cuando lo que me estaban pidiendo precisamente era que hablara. Me limité a dar mi opinión sobre el caso (la verdad es que no recuerdo con quién de los dos empleados decidí quedarme) y a intervenir un par de veces más proporcionando argumentos no excesivamente llamativos. Calculo que, de los quince candidatos, debí ser uno de los cinco que menos habló.

Y creo recordar que aquí concluyó la entrevista. Nos comentaron que aquellos que hubieran pasado la prueba serían contactados en los próximos días. Quien no recibiera llamada, no pasaba a la siguiente fase. También mencionaron que quien no hubiera pasado la prueba, no tenía excesivo sentido volver a presentarse en un futuro (?). Pasaron los días y evidentemente no me llamaron, con lo que no conseguí un trabajo que en realidad no buscaba. Sí aprendí unas cuantas cosas muy valiosas en relación a entrevistas de trabajo. Terminé con la sensación de que perdí la oportunidad de trabajar en aquella empresa no por haberla fastidiado en alguna de las pruebas que formaron parte de la entrevista, sino más bien por incomparecencia mía, por haberme quedado cortísimo a la hora de explicar quién era y qué buscaba. En esencia, por haber pasado por aquella entrevista sin pena ni gloria, como un actor de reparto o simplemente para hacer bulto: absolutamente desapercibido.

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